La tumba romana descubierta recientemente en el entorno del Castillo de Castelldefels afronta ahora una nueva etapa que será determinante para conocer su verdadera historia. Tras finalizar la intervención arqueológica sobre el terreno, los trabajos se centran en el laboratorio, donde diferentes especialistas analizarán tanto los restos humanos como el material cerámico recuperado durante la excavación con el objetivo de establecer la fecha exacta del enterramiento y reconstruir el perfil de la persona inhumada.
La actuación ha sido financiada por el Ayuntamiento de Castelldefels con la colaboración del Grup de Recerca Històrica de Castelldefels (GREHIC). Según ha explicado el historiador y miembro de la entidad, Alfonso López Borgoñoz, el arqueólogo responsable de la excavación, Pere Lluís Artigues, estudiará los fragmentos cerámicos encontrados en el yacimiento, mientras que una antropóloga especializada analizará los restos óseos para determinar aspectos como el sexo, la edad o las características físicas de la persona enterrada.
Uno de los elementos que más interés ha despertado entre los investigadores es la propia configuración de la sepultura. El enterramiento estaba cubierto por tegulae, las tradicionales tejas romanas, aunque todavía se estudia si formaban una cubierta plana o la habitual estructura “a dos aguas” utilizada en numerosas necrópolis romanas a partir del siglo III d.C. El cuerpo apareció colocado siguiendo un eje este-oeste, con la cabeza orientada hacia el oeste y los pies hacia el este, una disposición alineada con la salida del sol durante los equinoccios.
Los arqueólogos también destacan la ausencia de ajuar funerario, una circunstancia habitual en este tipo de inhumaciones. En cuanto al estado de conservación, el esqueleto se mantiene parcialmente completo, aunque ha perdido la parte superior del cráneo, ambos peronés, las rótulas y los huesos de los pies. Todo apunta a que la tumba sufrió una alteración muchos siglos después de su construcción, posiblemente durante la ejecución de un pavimento realizado en el siglo XX junto al lugar donde apareció.
Un hallazgo que ayuda a entender la evolución de la villa romana
El descubrimiento se integra en el amplio conjunto arqueológico del cerro del Castillo, donde ya se conocía la existencia de una villa romana ocupada desde finales del siglo I a.C. y que permaneció habitada hasta los siglos V o VI d.C. Esta explotación rural se levantó sobre un asentamiento íbero aún más antiguo, cuyos restos pueden contemplarse actualmente bajo el suelo de cristal de la iglesia del Castillo.
La relación del enclave con el mundo funerario romano no es nueva. En 1989 apareció empotrado en el muro oriental de la rectoría un cipo funerario dedicado alrededor del año 100 d.C. por Valeria Haliné a su esposo, Gai Trocina Synecdemus, ambos antiguos esclavos liberados que lograron prosperar en esta zona del litoral.
La cerámica puede ofrecer la respuesta definitiva
Otro de los aspectos fundamentales de la investigación será el estudio de la cerámica localizada alrededor de la tumba. Entre los materiales recuperados destacan varios fragmentos de Terra Sigillata, una vajilla fina de barniz rojo muy utilizada en época romana.
Los primeros análisis identifican piezas procedentes del sur de la Galia y también fragmentos fabricados en Arezzo (Italia), correspondientes a época de Augusto o a los primeros años del Imperio romano. Por el momento, no han aparecido cerámicas hispánicas tardías ni materiales medievales asociados directamente al enterramiento, salvo algunos elementos modernos fruto de alteraciones superficiales del terreno.
Si estas cerámicas confirman una cronología situada entre la segunda mitad del siglo I d.C. y comienzos del siglo II d.C., el hallazgo podría convertirse en uno de los enterramientos de inhumación más antiguos documentados en el nordeste de la Península Ibérica. No obstante, los investigadores mantienen la prudencia y no descartan que la tumba pertenezca a finales del siglo II o principios del III d.C., cuando este tipo de enterramientos ya se había generalizado.
Un descubrimiento con valor histórico y urbanístico
La localización de esta sepultura también aporta información sobre la organización del antiguo asentamiento romano. En aquella época, las tumbas se situaban siempre fuera de las zonas habitadas, por lo que este hallazgo ayuda a definir el límite exterior que tenía la villa romana en ese momento.
Además, la tumba apareció muy próxima al antiguo camino que comunicaba el Castillo con el Poble Vell. Los investigadores plantean la hipótesis de que este recorrido pudiera seguir el trazado de un antiguo sendero romano que descendía hacia la costa, situada entonces aproximadamente a la altura de la actual línea ferroviaria, donde podría haber existido un pequeño punto de atraque para embarcaciones dedicadas al comercio o la pesca.
Los estudios antropológicos y las pruebas de laboratorio que se desarrollarán durante los próximos meses serán los que permitan conocer con mayor precisión quién fue la persona enterrada, cuándo vivió y en qué momento se realizó este enterramiento, aportando nuevas piezas para reconstruir la historia más antigua de Castelldefels.
